El trabajo que no cuenta es el de las mujeres

La economía feminista no suma variables de análisis (trabajo reproductivo, invisibilización del cuidado) al enfoque clásico de la economía, sino que propone una transformación profunda del capitalismo: que las personas –con sus necesidades de cuidados y atención-, y no los mercados –indiferentes a todo aquello que no sea maximización de las ganancias- estén en el centro de la ecuación. En ese sentido, las políticas de conciliación apenas son paliativos que no abordan transformaciones estructurales y, mientras tanto, aumenta la pobreza de tiempo de las mujeres.

Por Sarah Babiker

ec femCOMUNICAR IGUALDAD- Propongo una pequeña actividad indagatoria. Abra un buscador de internet. Introduzca las palabras “mujer agotada”. Y lea. Encontrará un sinfín de material, artículos sobre el síndrome de “las madres agotadas”, foros donde mujeres anónimas, comparten la insostenibilidad de sus horarios, hacen la cuentita de lo que no alcanzan a cumplir: mi casa siempre está sucia, no juego con mis hijos, no me concentro en el trabajo… agota leer las rutinas de estas mujeres agotadas. Pero esperen, el experimento tiene una segunda parte: introduzca “hombres agotados” en su buscador. Encontrará también un montón de resultados. Pero no saque conclusiones precipitadas, léalos. Ya no hay horarios imposibles, ni menciones de culpa, si no deportes de riesgo, aventura, trabajo físico y también, cosa exótica, mujeres con insaciable apetito sexual. ¿Qué es lo que encontramos en nuestra primera búsqueda que desapareció en la segunda? El trabajo reproductivo. Los cuidados. Y esta división sexual de los resultados de Google no es más que una muestra fácil de la división sexual del trabajo.

Cierto que el ejemplo no es muy empírico, tampoco es necesario. No nos dice nada nuevo, basta con mirar la propia casa, las reuniones de madres y padres de las escuelas de los propios hijos e hijas, las plazas en horario laboral para ver mujeres que están entregando su tiempo y su energía en cuidar a otras personas. Sin embargo este fenómeno tan visible ha sido siempre olvidado por la ciencia económica y su mirada miope sobre la sociedad. Al menos así fue hasta que el feminismo desembarcó con sus enfoques en la disciplina económica. No hace mucho de esto, poco más de dos décadas, historiza la economista Corina Rodríguez Enriquez, investigadora del Centro Interdisciplinario para el Estudio de Políticas Públicas (Ciepp), en sus palabras la economía feminista “busca visibilizar las dimensiones de género de los procesos económicos y de las políticas económicas, y explica las raíces económicas de la desigualdad de género”. Y, en este marco, surge la economía de los cuidados cuyo foco central “tiene que ver justamente con visibilizar el rol sistémico del trabajo de cuidado en la economía”.

Así, si bien el enfoque feminista no tiene como único origen la crítica a la economía neoclásica -apuntan las economistas egresadas de la UBA  Mercedes D’Alessandro, Magalí Brosio y  y Violeta Guitart, quienes están detrás de un blog dedicado a esta corrientela crítica de la economía feminista es también una crítica a la forma en que la economía neoclásica entiende el mundo: mercados que se autorregulan, información perfecta, decisiones racionales y maximizadoras, individualismo, etc.”.

Un mundo donde no existe otra cosa que la actividad tradicionalmente considerada masculina, apunta la economista Cristina Carrasco Bengoa, desde la Universidad de Barcelona. Y no se trataría de que falte algo, precisa, pues si ese fuera el caso bastaría con añadirlo “es toda la perspectiva la que está equivocada pues por un lado no da cuenta de todo el circuito económico; y, por otra, no aceptamos la ideología que la sostiene, una mirada masculina centrada en el capital privado”. Por el contrario – recalca Carrasco – “la economía feminista apela a la lógica de la vida frente a la lógica del capital. Está proponiendo otra manera de mirar el mundo, otra forma de relación con el mundo, donde la economía se piense y realice para las personas”. En un mundo en que las noticias económicas versan sobre el estado de las bolsas, el precio de las divisas, los pagos de la deuda o el riesgo país, pensar en las personas como centro de la economía evoca una distancia utópica.

Mucho más que la conciliación

Carrasco insiste en que “la incorporación del trabajo doméstico y de cuidados a los enfoques económicos no ha sido para añadir una variable más, sino para dar centralidad al trabajo de cuidados mostrando la fuerte relación que mantiene con la producción capitalista patriarcal”.  Por último -destacan  D’Alessandro, Bosio y Guitart-:“Se  trata de analizar la realidad entendiendo que las relaciones sociales de producción, las instituciones y políticas no son neutrales en términos de género, comprendiendo además que existen múltiples dimensiones de la desigualdad social”.

La economía feminista no lo tiene fácil para hacerse oír frente al tan bien implantado paradigma neoclásico, como admite Rodriguez Enríquez. “Es una ec fem2corriente marginal dentro de la economía porque es una corriente heterodoxa, porque es una corriente contestataria, porque pone en duda los cimientos básicos de la economía ortodoxa”.  Pero sí ha ido ganando algunos espacios en los que empezar a convertir la producción de conocimiento en innovaciones programáticas.  Es el caso de  las políticas de cuidado, que ponen en acción conceptos provenientes de la economía feminista para facilitar la realización del trabajo reproductivo a través de la intervención del Estado.

¿Se agota esta redimensión de los cuidados en las políticas de conciliación?  Las consultadas advierten que si bien las medidas de conciliación son un avance, no suponen un cambio de paradigma que ataque la división sexual del trabajo. Son “propuestas más reparadores que transformadoras. Siendo su principal limitación, el acabar suponiendo ‘políticas para las mujeres’” alerta Rodríguez  Enríquez. “Lo que falta –continua- son mecanismos que aborden el trabajo de reproducción cotidiana de la vida, que cuestionen la manera en la que hoy se organiza, que generen mecanismos que permitan redistribuirla, pero tienen que ir acompañadas también de políticas transformadoras.

Una transformación profunda que también invocan Aportan D’Álessandro, Brosio y Gitart , cuando alertan del carácter paliativo de las medidas de conciliación sobre una situación que solo podrá superarse “a través de un cambio social y cultural mucho mayor, donde la mujer deje de ser pensada como responsable de las  tareas domésticas y el varón como un mero ‘colaborador’”. Además, recuerdan que la injusta distribución del trabajo reproductivo se ve atravesada por otras desigualdades: “Uno de los principales problemas que observamos es que la legislación laboral en Argentina no alcanza a todas las trabajadoras, ya que muchas de ellas trabajan en negro (más de un tercio de las asalariadas) o por cuenta propia; factor que debe tenerse en cuenta a la hora de su diseño. A su vez, es necesario que se implementen políticas que contribuyan a disminuir la informalidad laboral”.

¿Agotadas o pobres de tiempo?

En los últimos años las encuestas de usos del tiempo han servido para poner en relieve los diferentes modos en los que mujeres y hombres utilizan su tiempo, arrojando panoramas sobre el uso desigual que hacen de sus horas unas y otros, documentando cómo la mayor carga de trabajo reproductivo sigue cayendo sobre los hombros de las mujeres.

Se trata de desigualdades que exigen generar nuevos indicadores y conceptos, la pobreza de tiempo, ese no llegar nunca en el que se transforma la vida de muchas mujeres con dobles y triples jornadas, es uno de ellos. “Se refiere al uso super intensivo del tiempo que es necesario realizar para poder atender las responsabilidades laborales y las responsabilidades del cuidado” define Rodríguez Enríquez.  Herramientas que afinan la mirada sobre el trabajo que el paradigma económico neoclásico  desprecia, incapaz de cuantificar y así visibilizar  “el enorme déficit de tiempo” que padecen las mujeres y plantear respuestas. ¿Cuáles? Son variadas, reconoce la economista: una corriente más conservadora propondría remunerar ese trabajo doméstico, otra respuesta, más transformadora, es, como ya sabemos, redistribuirlo.

Así, concluye Carrasco Bengoa, la superación de la visión androcéntrica de la economía neoclásica por parte de la economía feminista, plantea  considerar “el cuidado de la vida como objetivo central. Teniendo en cuenta dicho objetivo hay que analizar, discutir y, en lo posible, implementar, nuevas formas de producción, una nueva estructura de consumo, cambios en la vida cotidiana, de organización de los tiempos y los trabajos (mercantil y de cuidados), y, por supuesto, un cambio de valores. Se diría, pues, que para cambiar la división sexual del trabajo y el sufrimiento que ésta genera a todas esas mujeres agotadas por sus dobles y triples jornadas, hay que cambiarlo todo.

Foto: Matías Bruno

Nota central:

De malas madres, madres intensivas y padres con 48 horas de licencia

 

 

 

1 Comentario

  1. Victoria:

    Efectivamente nuestro tiempo es publico, es de la sociedad, igual q nuestros cuerpos, nuestras decisiones, nuestro sexo, nuestro agotamiento, nuestro todo

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